domingo, 10 de octubre de 2010

1985

Un domingo en el espacio es igual a un domingo en la tierra. El despertador suena a cierta hora, pero no tiene ningún sentido porque al mirar el planeta desde aquí puede ser cualquier hora y en el mundo transcurren dos días diferentes al mismo tiempo. Allí está la tierra, por mi ventana, distorsionando el plano espacial con su presencia. Al mismo tiempo veo al sol, que no hace tanto daño y se ve más lejano fuera de la atmósfera. El sol que brilla en la noche, fuera del cielo azul. Mi trabajo consiste en vigilar que no se salga nada de control en la estación. Estudié y pasé por tantos de pruebas para ser astronauta, y mi trabajo consiste en no hacer nada. El momento para el que tanto me entrené fue para el despegue de la nave, y tal vez para el día en que tenga que enfrentar la atmósfera y volver a sentir el oxígeno natural en mis pulmones, a mil kilómetros por hora y esta nave se convierta en un proyectil disparado hacia el desierto.


133 días terrestres tendré que afrontar en órbita. Hasta ahora, han pasado 48. Falta poco para el día de volver, mientras tanto escribo todo el tiempo. Ya llevo 200 cuadernos terminados, y me quedan menos de 40 en blanco, así que voy a tener que empezar a ahorrar palabras. Tengo todo revuelto, en unas hojas hay bitácoras, en otras escribo cómo he solucionado los inconvenientes que se me han presentado con los equipos, en otras escribo cartas, escribo cuentos; se podría hacer un libro con todo eso, pero nadie lo entendería. Entre el cuaderno 38 y el 45 hay un cuento lo suficientemente largo como para una novela, quien quita que me la publiquen. Sería "la primera novela escrita en órbita", aunque no tengo idea de si eso es cierto. He tomado miles de fotos desde aquí, fotos donde no se ve una sola persona. El planeta, ahí abajo, me acompaña. Me ayuda a no sentirme solo. Hay 6000 millones de personas, creo que 7000 a mi lado.

Tengo el mundo a mis pies.

En este momento amanece en varios paises de africa y europa, veo como aparecen los primeros rayos del sol en esa parte del planeta. Puedo ver una parte del polo norte y no puedo lograr ver dónde está anocheciendo en este momento, de pronto en unos meses, cuando la estación continúe con su movimiento al rededeor del mundo. La última emoción que tuve fue una llamada de una estación japonesa que pasaba cerca a mi órbita, pasando primero, obviamente, por todos los filtros de comunicación que pone la nasa. La nasa que me vigila todo el tiempo.

¿Sabes cuánto me cuesta llamarte desde aquí? Bueno, no me cuesta nada, pero al gobierno sí, al presupuesto nacional sí, a los impuestos de los ciudadanos sí... te llamé, 300 personas estaban pendientes de la videollamada, estarían espiándola, pero no importa, te llamé ayer, te llamé a tu casa, te llamé y no estabas. Te llamé ayer 8 horas después de que el sol pasó por primera vez por la costa de tu país. Bueno, ya habrán mil oportunidades más de hablar.

Cuando me decidí por ser astronauta lo hice porque mis ganas de conocer del espacio iban más allá de la astronomía. Me gusta mucho el saber de estrellas, de planetas, de cuerpos celestes, pero quería verlos desde fuera, no desde un telescopio. Ahora soy feliz, pero creo que hubiera preferido ver las estrellas desde un observatorio al lado tuyo, enseñarte porqué una estrella brilla de ese color, mostrarte las nebulosas, mostrarte las galaxias que hay bajo el cinturón de orión; mostrarte una estrella gigante roja, mostrarte las supernovas y regalártelas.

Sí, quiero volver a la tierra y ser astrónomo. Ya cumplí mi sueño, ya fui astronauta.